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jueves, 8 de febrero de 2018

Cielo Rosa

Amigos, me llena de felicidad anunciarles que, tras haberse agotado la tirada inicial de "Al Menos lo Intenté" -el libro que recopila el material literario que produje durante los últimos siete años-, hoy comenzó a producirse una segunda edición. Los cambios respecto de la anterior son mínimos, pero lo que busca no es innovar sino cubrir la demanda de mucha gente (más de la que esperaba, sinceramente) que no pudo acceder al libro en la noche de sus estreno, la misma noche en la que se agotó.
Festejando nuevamente ese sold-out y esperando los éxitos de esta nueva etapa, los dejo con uno de los relatos que más críticas positivas ha recibido:



Cielo Rosa

            El sol se hundía en el horizonte mientras, en una plaza, una chica corría hacia su hermano mayor.
-¡Nato! ¡Nato!- lo llamaba a gritos, con los brazos extendidos hacia él.

            Ignacio buscó dentro de sí algo de paciencia. No veía el momento en el que la fonoaudióloga pueda corregirle a su hermana el problema de pronunciación; detestaba, sin motivo alguno, que ella le diga así.
-¿Qué pasa?- dijo mientras forzaba una sonrisa, ladeando la cabeza de forma involuntaria.
-¡Mirá!- le contestó la nena, demasiado agitada como para explicar, mientras alzaba sus manitos hacia la puesta de sol.- ¡Está rosa!
-¿Te gusta el cielo así, Ele?- respondió Nacho mientras le sacudía el pasto de la ropa.
-¡Sí!- gritó Elena, alzando el rostro para que su hermano vea la enorme sonrisa con que lo decía, tan grande era que le obligaba a cerrar los ojos.- ¿Por qué está así?
-Y… Por la hora, será.

            Él sabía que la respuesta tenía que ver con cómo llegaba la luz solar al atardecer, pero tampoco terminaba de entender por qué era rosa y no otro color; por otro lado, sabía que explicarle eso a su hermanita sería de lo más engorroso e improductivo, ya que al día siguiente se lo preguntaría de nuevo, tal y como se lo preguntaba cada vez que la llevaba a jugar al parque. Sin embargo, los ojos de Elena lo miraban esperando aún una respuesta, por lo que pensó un instante, e intentó inventar una contestación más divertida que la del día anterior.
-A esta hora, allá lejos, sopla un viento muy fuerte, y se vuelan todos los algodones de azúcar. Cuando se hace de noche, el viento para y los algodones bajan otra vez.
-Ah…- fue todo lo que ella pudo decir, con la boca entreabierta.

            La niña miraba a su hermano llena de admiración. Estaba segura de que era la persona más inteligente del mundo. De su mundo, al menos; el mundo real era un lugar complicado para una pequeña que no terminaba de entender las diferencias en sus capacidades. Por suerte, no buscaba comprenderlo, sólo le importaba jugar. Y comer, y el cielo rosa.
-¿Y qué hay allá?- continuó, dando rienda suelta a su curiosidad.
-¿Cómo qué hay? Hay nubes, pájaros, aviones, aire y todas esas cosas que hay en el cielo.- explicó Ignacio algo desconcertado por la pregunta, y más sorprendido aún por las carcajadas de Elena ante su respuesta.
-¡Abajo del cielo, tonto!
-Ah… Y, abajo del cielo rosa hay casas rosas, y calles rosas, y gente rosa.
-¿Hay plazas rosas?
-No sé. Capaz que sí.
-Pero si no hay plazas, ¿dónde juegan los ticos?
-Quizá no haya chicos…

            Nacho pudo ver cómo el rostro alegre de la criatura se convertía en una expresión horrible que reflejaba la más grande de las preocupaciones, así que se apresuró en continuar.
-Pero seguro que sí. Debe haber plazas enormes, llenas de nenes y nenas jugando.- los labios de Elena volvieron a dibujar una sonrisa; y él alzó su vista al cielo, ahora casi negro.- Tengo hambre, ¿querés que volvamos a casa?
-¡Sí!- exclamó, y empezó a tirar de una manga de la campera de su hermano, intentando ponerlo en pie.
            Mientras caminaban de regreso a su hogar, ella preguntó tímidamente:
-Nato… ¿podemos ir a la plaza rosa?
-Sí,- su afirmación se fundió con un suspiro, y luego mintió como cada tarde- mañana te llevo.

viernes, 28 de julio de 2017

Una de Tiros

Una de Tiros

-dedicado a mi amigo Guidofa, que un día me retó por escribir muchas historias de amor pero nunca una de tiros-

Las 22:28 sólo distaban dos minutos del toque de queda, y luego cinco más hasta el fin del suministro eléctrico diario, pero a Marga esto no le impedía terminar las tareas de la casa todos los días a esa misma hora. Con precisión mecánica, guardaba el último plato de la cena tras lavarlo y secarlo. En la relativa calma que suponían las noches desde que se había impuesto el toque de queda, el silencio era más bien un murmullo ahogado por paredes macizas y ventanas tapiadas. A las 22:35 reinaría el verdadero silencio, todos los electrodomésticos apagados sin previo aviso. Dicha rutina se repetía, para Marga y para todos en la Gran Confederación, noche tras noche desde el inicio de la guerra civil.

A las 22:29 sonaban los altoparlantes ubicados en cada esquina de la ciudad, en cada ciudad de la Gran Confederación. "Último minuto para el toque de queda. Todos los ciudadanos deben estar en un asentamiento privado. Repetimos: último minuto para el toque de queda. Sólo se permiten fuerzas de seguridad en los espacios públicos. Ha comenzado el toque de queda. Buenas noches." El eco de la estridente voz se perdía en las calles vacías mientras Marga volvía a cuestionarse la naturaleza del misterioso locutor. A veces lo imaginaba como un afable hombre mayor, otras como un joven oficial del ejército. Había quien opinaba que en realidad no existía tal persona, que el mensaje estaba pregrabado con una voz artificial generada por computadora, pero ella sentía que cada noche el comunicado era levemente diferente al anterior; no en su contenido, sino en sus modos. En algunas ocasiones, la voz se le hacía más severa y otras rozaba en lo fraternal, como si sus órdenes fuesen más bien un sabio consejo.

Esa noche, exactamente a las 22:31, un sonido arrancó a Marga de sus divagaciones. Se dirigía a  su habitación, ubicada en la planta alta de la casa, cuando escuchó un ruido de tambor. Se paralizó un instante y luego echó a correr. Con los ojos tan abiertos como sus párpados se lo permitían, se abalanzó hacia las escaleras y comenzó a subirlas con desesperación. La percusión que había escuchado había sido de un tambor, sí, pero uno de revólver.

-¡Noah, hijo! -gritó mientras daba zancadas para subir los escalones de dos en dos- ¡Subí, que están disparando!

Marga recordaba las palabras de su marido, el Sargento Fabio Delnor, muerto en un enfrentamiento contra las fuerzas separatistas: "Cuando escuchen disparos, siempre, siempre vayan a los pisos superiores. Los que tiramos, vamos de a pie; los helicópteros y esos vehículos artillados sólo están ahí para que la gente sienta su presencia, las municiones no alcanzan para proveerlos a todos. Además, tenemos órdenes estrictas de no disparar a matar, por lo que no apuntamos más allá de las rodillas. Un tiro en la rodilla paraliza al instante y es tan doloroso que esos rebeldes prefieren entregarse y confesar con tal de que les quitemos las astillas de rótula que se les clavan en la carne. Los queremos vivos para que nos cuenten todos sus secretos..." Fue una pena que Fabio no tuviera en cuenta que la guerrilla no seguía las mismas órdenes y que, a diferencia suya, ellos no lo necesitaban con vida.

Aún no eran las 22:32 cuando Marga llegó a su habitación. El aparato de televisión se hacía oír aún del otro lado de la puerta cerrada; en su pantalla se transmitían las imágenes de la película nocturna, generalmente una de tiros sobre un cabo que lograba el rango de general gracias a sus hazañas, realizadas siempre en nombre de la Gran Confederación. Era importante mostrar el carácter generoso de la Gran Confederación e incentivar a los niños a seguir la carrera militar pero, por sobre todas las cosas, era primordial acentuar la grandeza de la Gran Confederación. Referirse a ella sólo como "la Confederación" era una actitud de desprecio, un claro signo de disidencia. No, era obligatorio hablar siempre de la Gran Confederación, tanto así que "gran" era la primera palabra que aprendían a decir la mayoría de los niños.

El drama épico alcanzaba su clímax en la pantalla cuando Marga abrió la puerta. Frente a ella, Noah yacía tendido en la cama. Los disparos, los ficticios, estallaban en la TV. El disparo, el real, resonaba en la mente de una madre destrozada.

A las 22:35, todo se volvió oscuridad. Marga lloró hasta el amanecer.

miércoles, 5 de agosto de 2015

No Puedo ser un Hijo de Puta (al Menos no Cuando lo Intento)

No Puedo Ser un Hijo de Puta (al Menos no Cuando lo Intento)

            Hacía ya casi un mes que no nos dirigíamos la palabra. Nada había pasado en realidad, simplemente desapareció de un día para el otro. Tal vez por eso mismo fue que resolví con una determinación que nunca me caracterizó el llamarla para acordar un encuentro, mas no lo hice sin pensar; no por haberlo resuelto decididamente iba a descuidar los pormenores de mi accionar. Con cuidado, marqué uno a uno los dígitos de su número de teléfono. No el del celular, claro: eso le habría dado la oportunidad de rechazar mi llamada tan pronto leyera mi nombre en pantalla. No tenía manera de saber si eso era lo que haría ella si decidía buscarla allí, pero pensé que lo más sensato era ahorrarme dicha posibilidad. Miré el reloj antes de presionar la tecla que daría inicio, con algo de suerte, a nuestra charla. Supuse que sus horarios no habrían cambiado mucho en tan poco tiempo; no tenían motivo para hacerlo, por lo que pulsé a la vez que apretaba los ojos. Una parte de mi determinación comenzaba a abandonarme, y casi lo hizo del todo cuando una voz de hombre me saludó al otro lado de la línea. Su padre insistía con sus “¿Hola?” y los eventuales “No se oye, ¿quién habla?” cuando decidí cortar la comunicación. Lo intentaría luego. Me desplomé en una silla y mis ojos pasaron perezosamente del teléfono a las agujas del reloj, del reloj a la ventana y finalmente retornaron al aparato que yacía burlón frente a mí. Insensato, acepté su desafío y marqué otra vez. Nuevamente, el hombre fue quien me atendió con un impetuoso “Hable”, el cual desobedecí colgando bruscamente.

            Forzado a buscar una alternativa, resolví hacer tiempo dándome una ducha. Si todo salía como esperaba, tras una breve conversación me pondría en camino a vernos y no quería hacerla esperar. Fui consciente de que estaba permaneciendo bajo el agua más tiempo que el que era realmente necesario, pero me dije a mí mismo que nunca podría estar demasiado limpio. Una hora después de mi primer intento, tomaba nuevamente el receptor tras haber marcado lento, casi con miedo. Estaba de pie, en ropa interior y recién afeitado cuando su voz llegó a mí como una descarga eléctrica; tuve que empezar a andar para que no notara cómo la ansiedad mordía cada una de mis palabras. Le expliqué -tan resumidamente como mi desmedida verborragia me lo permitió- que el tiempo sin saber nada del otro me había hecho pensar, y ella acotó que también era su caso; haciendo énfasis en ello le sugerí juntarnos esa misma tarde así podríamos conversar con mayor fluidez y claridad sobre las reflexiones que cada uno había hecho. No fue ninguna sorpresa para mí el encontrar que ella tenía libre ese hueco de su agenda; nunca había sido una persona muy ocupada. Para darle algo más de tiempo, le propuse pasarla a buscar y luego, una vez juntos, decidir qué hacer. La determinación que había perdido ese mismo día volvió a mí en forma de valor y confianza. Sin siquiera titubear, me puse mis mejores ropas y fijé mi rumbo hacia su dirección. A los ojos de cualquiera, estaba arreglado; a los suyos, mi imagen tenía tantas pequeñas señas que para ella serían tan evidentes como tener un tatuaje en el rostro que diga “TODO ES POR VOS”. La camisa que llevaba era la que ella me había ayudado a elegir tiempo atrás, la que -en sus textuales palabras- me quedaba “tan bien que dan ganas de arrancarla”; tenía puesto su perfume favorito, uno que alguna vez me entregó por compromiso un pariente lejano y resultó ser todo un acierto, y unos jeans gastados que usé la primera vez que salimos. Todo seleccionado cuidadosamente con el único fin de traer a su pensamiento recuerdos y sentimientos que tal vez empezaban a caducar.

            En el camino hasta su casa, tracé un nuevo plan de acción; barajé cada uno de los posibles escenarios y me quedé con el que me pareció más natural: llegaría a su puerta y la llamaría para hacerle saber que estoy afuera. Le ofrecería una media sonrisa al verla salir y la invitaría a tomar un café en ese bar francés al cual siempre dijimos que teníamos que ir y sin embargo nunca fuimos. Hasta llegar al lugar, tocaría tópicos triviales cuidando que sea ella la que más diga pero yo quien controla cada tema, y una vez allí ordenaría un cortado doble para mí y una lágrima para ella. Nos sentaríamos enfrentados en una pequeña mesa contra la pared y compartiríamos un breve silencio, las miradas de los dos buscando leer al otro a través de sus ojos; ese sería el preciso momento en el que debía jugar mi mejor carta. Temblé de la emoción de tan sólo pensarlo, pero continué repasando lo que tenía que hacer: rompería ese silencio cómodo cómplice de un suspiro, mi mano buscaría la suya que de seguro estaría descansando sobre la mesa, primero la acariciaría y luego la contemplaría a la vez que la tomaría para sentir su suave tacto de nieve, pero sobre todo para que ella sienta la seguridad en mi roce. Miraría con dulzura a sus ojos sólo para asegurarme de que tengo toda su atención, y luego volvería a enfocarme en sus elegantes dedos de uñas decoradas. Sin levantar la mirada, con falsa timidez le diría “¿Sabés? Creo… creo que te odio” y volvería a poner esa media sonrisa que sé que adora. Ella reiría, algo nerviosa quizá, segura de que es una broma y yo reiría con ella antes de continuar. “No, en serio” agregaría, cambiando bruscamente mi expresión, alzando la cabeza para que ella pueda estrellarse contra la dureza de mis ojos. Nuestras manos no se soltarían y, con la que aún tendría libre, empezaría a acariciar sus piernas por debajo de la mesa. Ella se volvería rápidamente, sorprendida en parte por lo inesperado del roce, en parte por darse cuenta de lo provocativo que le resultaba mi gesto. Ella no lucharía por soltar su mano ni quitaría la mía de sus piernas, no volvería a reír ni diría nada; ella no tendría ninguna de esas reacciones perfectamente lógicas y esperables de cualquier otra persona, sólo me escucharía continuar con lo que empezaba a decir. “Vamos, ¿me vas a decir que te sorprende?”, preguntaría volviendo a sonreír, “Además, ¿no es esto lo que querías? ¿No es por esto que te fuiste sin decir nada, dejándome solo y desesperado? ¿No me odiás, acaso, vos también a mí y por eso es que siempre me dejás queriendo más de vos? ¿Quién te creés que sos para jugar así conmigo? Y, ¿qué clase de estúpido soy yo, que te lo permito?”. Entonces, cuando las lágrimas asomen de sus ojos de ámbar, sería el momento de dar el golpe de gracia: “Pero, ya no más. Hasta acá llegué. Fui lo mejor que tuviste, y ahora vas a ver cómo me perdés” diría antes de marcharme y entonces nunca, nunca volvería a mirar atrás.

            Sin darme cuenta, ya me encontraba de pie ante su timbre. Estuve a punto de tocar, la cual habría sido la primera falta a mi plan, pero reaccioné a tiempo y me corregí. La llamé y en un instante la vi salir. Llevaba un vestido sencillo y el cabello recogido; se veía realmente bien, todo en ella parecía cómodo y natural. Me saludó alzando la mano mientras caminaba hacia mí con una sonrisa de esas cuya sinceridad nadie podría jamás poner en duda. Me acerqué a saludarla cuando estuvo lo suficientemente cerca, y entonces sus brazos me tomaron por sorpresa. Antes de poder darme cuenta, estaba descubriendo cuánto extrañaba tenerla acurrucada en mi pecho. Un momento después, alzó su rostro y yo corrí su pelo.

Ella me besó y yo la besé a su vez.
Lo demás ya no importaba.

martes, 2 de junio de 2015

Otra Vez

Otra Vez

Otra vez soñé con vos. Volvías a estar sentada sobre una piedra desnuda que combinaba con el verde grisáceo de tus ojos. Tus piernas, desnudas también, colgaban inertes en el borde del precipicio que tranquilamente podría haber sido el filo del mundo. Te escuchaba reír y eso me animaba a acercarme por tu espalda; sólo al sentarme a una distancia prudencial descubrí que no reías, llorabas. Lágrimas de cristal caían por tus mejillas, dejando infinitos surcos en tu piel de porcelana. El cielo plomizo amenazaba con llorar también, pero se contentaba con matar tanto a la luz como a la sombra, nivelando los brillos en tonos apagados. Sabía que no tenía nada que decir, y sin embargo intenté hablar. Al abrir mi boca, sólo humo; grité pero tosí hollín. Nunca podría encontrar las palabras adecuadas, y pronunciar aquellas que no querías escuchar podría resultar fatal. Mis sueños son más sabios que su autor.
Por su parte, tu llanto no hacía más que crecer, alimentando al río tormentoso que corría muchos metros más cerca de lo que podríamos pensar. Necesitando hacer algo al respecto, fui tan insensato de arrastrarme hasta vos. Volviste tu mirada hacia mí y fuiste medusa por un instante, petrificándome en mi lugar, pero las serpientes estaban en tus brazos y no dejaban de picarme; tu pelo, en cambio, ondeaba con total naturalidad, ajeno a tu agresividad. Podrías golpearme cuanto quisieras que yo seguiría encontrando paz en el suave levitar de tu cabello avivado por el viento. Lloraste con más fuerzas y el río se alzó queriendo engullirnos. Gritaste con mil voces que no eran tuyas y supe que no podría detenerte. Ya no estabas ahí, nunca lo estuviste. Vos, la verdadera vos, flotabas lejos, inalcanzable y etérea mientras la chica de porcelana, serpientes y cristal se escurría por entre las grietas de la roca. El río ya no era río sino océano, y la piedra se fragmentaba hasta ser un montón de arena. Las olas se alzaban formando muros de agua tan inmensos que borraban de la vista todo posible horizonte y colapsaban luego con un estruendo ensordecedor.

Otra vez soñé con vos. Otra vez te perdí. Otra vez no supe qué decir, qué hacer.
Otra vez me desperté. Otra vez te busqué. Otra vez me rendí.
Otra vez fui un pedante que dijo no necesitarte. Otra vez mentí.
Otra vez pasé el día pensando en vos. Otra vez fuiste mi mundo.
Y aunque no siempre sea así, cada vez que me pasa se siente igual que la primera vez.

-por cómo está escrito, uno podría pensar que realmente soñé esto; lamento ir en contra de sus suposiciones pero sucede que mis sueños son mucho más aburridos que lo que acaban de leer-

jueves, 21 de mayo de 2015

Adiós

Adiós

“No todos los árboles sobreviven al invierno, mi amor, ¿qué te hace pensar que yo voy a resistir por siempre?” susurró con lágrimas en los ojos. Yo sabía cuánto odiaba que lo vean llorar; el orgullo representaba la única pared que seguía en pie en su castillo. Todo lo demás se había ido desmoronando, robustos ladrillos convertidos en arena. Es el tiempo, siempre dije, que arrasa con todo y con todos.

Su mano buscó la mía en la oscuridad, entrelazando nuestros dedos en un nudo imposible. Los largos años de trabajo podían sentirse en cada pliegue de su piel, y sin embargo nunca había perdido su característica delicadeza al momento de a acariciarme. Deseé con todas mis fuerzas que lo hiciera, pero no fue así. Sólo apretó por un instante, y luego nada. Me había dejado. La soledad desgarró mi pecho para alojarse allí, inundándome luego con su inconfundible frío. A la pálida luz de la luna, fui yo quien derramó la primera lágrima.

martes, 16 de diciembre de 2014

L'envol

L’envol

Siento tus manos por un momento, un instante que dura lo suficiente como para apreciar lo suave de tu piel, pero demasiado poco como para notar que tu suavidad es tu condena y mi falta de reacción, tu verdugo. El reflector me deslumbra y el trapecio me aleja más y más de vos.

Puedo hacer un repaso de mi vida y ahí estás, presente en cada escena. No recuerdo a mamá ni a papá más de lo que recuerdo mis cenas de la semana pasada. Solamente sé que nos trajeron a este mundo gris, primero a vos y un año más tarde a mí. Aunque sólo seas un año mayor, siempre te sentí infinitamente más madura y sabia, incluso cuando éramos unos simples niños intentando entender por qué vivíamos viajando. Del accidente que nos arrebató a nuestros padres no guardo ningún tipo de memoria, pero sí puedo describir hasta el menor detalle las siguientes noches, y cómo intentabas consolarme buscando, en realidad, calmarte a vos misma. Pero tenías que ser fuerte, te decías cuando creías que yo dormía, tenías que cuidarme porque yo era cuanto valía la pena en esta vida.

Tu mirada busca la mía, y tus labios murmuran con desesperación. El público se pone de pie ante lo que creen que es el espectáculo más arriesgado que presentaría la función. No tienen idea de que todo es tan real como ellos mismos.

Vos sola me entendiste siempre, y quiero creer que yo hacía lo propio con vos. Fuiste vos quien me hizo comprender que nuestras vidas no tenían una explicación ni una razón de ser. Todavía no me decido sobre si lo entendí muy tarde o muy temprano; la pubertad todavía no nos había alcanzado a ninguno de los dos, pero no veíamos las cosas como los demás. Y si bien puede resultar chocante que dos hermanos cuyas edades sumadas no alcanzaban el mínimo legal supieran que les había tocado nacer en un circo errante por simple casualidad; que por caprichos del destino nunca serían herederos de un imperio comercial, industriales de renombre, ni tan siquiera malos estudiantes, nosotros simplemente lo aceptábamos. Y era gracias a vos, que siempre admitías la realidad como tal, pero esforzándote en verle el lado bueno. Qué chicos se pasan el día jugando para vivir, me preguntabas para alegrarme. Sabías que nunca podría responder.

Tu cuerpo surca el aire con gracia plumífera, sin embargo tus facciones se retuercen en muecas imposibles. Los colores de tu traje se confunden y se mezclan a medida que ganás velocidad y perdés altura. El público sigue creyendo que tenemos todo bajo control, y algunos intentan aprovechar sus ubicaciones para admirar tus curvas.

Descubrí que habíamos dejado de ser niños el día que me dijiste que ya no podríamos seguir bañándonos juntos. Siempre habías sido vos la encargada de mantenerme prolijo, tal vez por una suerte de instinto maternal, o quizás un exceso de responsabilidad. Entre sorprendido y enojado, exigí respuestas que no quisiste darme. Te comportabas extraño, como si te avergonzaras de algo, por lo que decidí espiarte mientras realizabas tu aseo. Cuánta inocencia, no se me había cruzado por la cabeza la idea de que eso pudiese estar mal; no se tienen nociones de privacidad cuando pasaste tu vida completa al lado de alguien más. Cuando comprendí que aquello era sangre, corrí asustado hasta tu lado, sin preocuparme lo que podrías llegar a decirme. Te ofrecí buscar ayuda, pero vos sólo intentabas hacerme cerrar la boca. Me diste una explicación que no llegué a entender, pero me alivió saber que no te estabas muriendo. La sola idea de poder perderte había desmoronado mi mundo por menos de un minuto.

Y, sin embargo, te estoy perdiendo. No hay redes. No hay colchones. No hay nada. El público asimila la idea de que están presenciando una tragedia, y sus expresiones se transforman. Antes de que toques el piso, mis piernas ya soltaron el trapecio. Cierro los ojos para no verte impactar, aunque los gritos horrorizados de los espectadores me describen la imagen exacta que se forma por debajo de mí. Sé que ya no puedo salvarte, mi arrojo sólo busca abrazarte una última vez.

-¿Y a mí? ¿Hasta dónde me querés? –me preguntaste una noche mientras mirábamos las estrellas, justo después de conversar un buen rato sobre nuestros compañeros circenses.
-Hasta el cielo. –contesté sin dudar.

Reíste.
-¿Desde tan alto caerías?

martes, 3 de junio de 2014

La Chica que No Bailaba

-Cuando tuve la idea para escribir esta historia, la desarrollé lo suficiente como para que se parezca bastante al resultado que ahora ven. El problema llegó cuando, después de armado todo (en mi mente, sin haber escrito nada), me di cuenta de que era una cruza de Bajo la Misma Estrella (de John Green) con La Noche de los Feos (de Mario Benedetti). Reconociendo las fuertes similutedes, no tengo intenciones de desentenderme de los conceptos originales; por el contrario, los tomo como grandes inspiraciones al momento de idear esto. Sólo que fue a un nivel bastante inconsciente. Pero las ganas de escribir ya las tenía, así que acá lo tienen. Una historia cliché.-

La Chica que No Bailaba

Yo acababa de entrar a una discoteca, y permítanme decir que estoy orgulloso de no ir seguido a ese tipo de lugares. En mis veintidós años de existencia, siempre me costó hacer amigos, y esta vez había cedido ante la presión de un grupo nuevo para salir con ellos. Mientras bailaban e intentaban acercarse a algunas chicas, yo miraba a las mesas con sillones que había contra las paredes del local. Entonces la vi. Ella era la única chica a la cual no parecía importarle la danza o la interacción social, la que no se había vestido para matar; estaba sentada sola en un sillón, y lo único que ocupaba su mesa eran un vaso y una cartera. Las demás mesas estaban superpobladas de gente conversando en distintos grados de ebriedad, o de parejas que, al parecer, pasaban de pagar un albergue transitorio, por lo que decidí acercarme a la que era la primera persona que me llamaba la atención en lo que iba de la noche.
-Eh, disculpame, ¿te molesta si me siento?
-¿Tengo otra opción? –dudé un momento sobre si era un chiste o si realmente, pero entonces rió, y siguió diciendo- Dale, dale, sentate que es mucha mesa para mí sola.
Y me senté. En un principio los dos mirábamos la pista de baile con los ojos perdidos, y tras varios intentos fallidos, hicimos contacto visual directo. Sus ojos negros iban a tono con las cortas ondas de cabello castaño que se desordenaban más momento a momento. Sus labios estaban entreabiertos, como si buscara sin éxito algo que decir. Entonces intenté comenzar un diálogo, y pocas veces me sentí tan estúpido después de haber hablado.
-Qué lugar… copado, ¿no?
-No me engañás, ¿sabés? –dijo tras haber estallado en risas- Te vi estar parado ahí mínimo diez minutos antes de acercarte; a vos no te parece un lugar divertido…
-Pero, pará… ¿me estuviste mirando por diez minutos? –mi mente intentaba descifrar el comentario, que parecía ser totalmente al azar pero que por algún motivo me sonaba a insinuación.
-¡No! Es… Es una forma de decir. –dijo apurada- O sea, a ver… Sí, te había notado, digo, sos la única persona del lugar que no está bailando. Bueno, aparte de mí misma, claro. Pero no es que no te saqué los ojos de encima hasta que llegaste.
-En las mesas de acá al lado tampoco están bailando.
-Ellos la están pasando todavía mejor que los que bailan.
Los dos reímos por un momento. Nos presentamos, y empezamos a charlar. Sobre trivialidades al principio: sobre cómo se mueve aquella o este otro, sobre que la música del lugar era horrible, sobre qué hacía cada uno en un lugar que claramente no era de su agrado (ella había ido, según entendí, porque era el cumpleaños de una amiga de su mejor amiga; y ésta le había pedido que la acompañe porque no conocía a las otras invitadas), y sobre muchos otras tópicos entremedio. La mayor parte de las veces teníamos que pedirle al otro que nos repita las cosas; era incómodo al principio pero terminamos por acostumbrarnos.
Los temas y acotaciones se sucedían a una velocidad que no paraba de crecer, y ya no hablábamos de cosas irrelevantes, sino acerca de rasgos relativamente importantes de nuestras personalidades. Le comenté que desde pequeño era tímido con las mujeres, y que me parecía estúpido sentirme tan inhibido por el solo hecho de que tuviéramos genitales distintos; ella me contó su historia con la religión, y cómo el haber ido a una escuela católica había resultado decisivo al momento de definirse como atea; la conversación culminó cuando ella me confesó que muchas veces había llorado desnuda frente al espejo. Tengo que admitir que, en condiciones normales, lo más probable habría sido que no me abra tanto ante una persona que acababa de conocer, pero lo cierto es que el alcohol había hecho efecto en ambos, y en ese momento sentí una empatía absoluta. No entendía por qué ella estaba tan disgustada con su físico, a mí me resultaba una mujer lo suficientemente atractiva como para que sus defectos no la opaquen, pero comprendía cómo se sentía. No es como si me hubiera pasado algo similar, nunca llegué a ese extremo; pero a decir verdad, no estaba nada conforme con mi apariencia.
Tras unos momentos, junté algo de coraje y le propuse ir a un lugar más tranquilo. Ella me miró con una sonrisa pícara, aunque su expresión cambio de repente. Permaneció pensativa un momento, hasta que habló.
-Mirá… Yo… Quiero ir, ¿sí? Pero me parece que hay algo que deberías saber antes. No te culpo si no querés que vaya después de esto.
-Está bien… Decime.
Entonces sentí un golpe, algo fino y duro acababa de pegarme en el tobillo. Ella me miraba fijo cuando lo sentí de nuevo. Miré hacia abajo y vi cómo su pantalón golpeaba al mío, y se hundía sobre sí mismo hasta reducirse a la mitad de su ancho; su zapatilla de lona no se movía de su lugar ni un centímetro, iba y venía con toda la pierna en cada pequeña patada. Me costó unos segundos procesarlo, y supongo que se me habrá notado en el rostro, porque ella me explicó con la voz algo apagada, muy distinta a como la había escuchado hasta entonces, que había perdido una pierna en un accidente a los doce años.
-Ya ves… No soy una mujer completa. Muchos se espantan cuando la tocan por accidente. Estoy acostumbrada… ¿Todavía querés que vaya?
-Claro. –le dije algo sorprendido, pero con una sonrisa.
Se puso de pie y noté por primera vez que su postura se veía algo afectada por la prótesis: flexionaba un poco la otra pierna al estar parada, y se inclinaba un poco más de lo común al caminar, dando pasos cortos. Me dijo que la espere mientras les avisaba a sus amigas que iba a irse, inventando un malestar para ahorrarse las explicaciones, y yo aproveché para decirles a mis amigos que tenía que retirarme. Ninguno de los dos se demoró, nuestros grupos originales estaban acostumbrados a que nos marchemos temprano. Subimos rápido a mi auto y encendí la calefacción. Ella se acomodó en el asiento del acompañante, y me preguntó hacia adónde nos dirigíamos.
-Yo vivo no muy lejos de acá, si te parece bien podemos ir a mi departamento…
-¡Ah, bueno! –exclamó, y la miré a los ojos- ¡Todavía no me diste ni un beso, pero ya me querés llevar a tu casa! No sé qué te creés que soy, ni quién te pensás que sos vos.
-Lo siento, fue lo primero que se me ocurrió; vamos para donde vos prefie… -y  antes de poder terminar la frase ella interrumpió con su risa.-
-Es sarcasmo, tonto, no puedo creer que me tomes en serio. Vamos a donde mejor te parezca. –besó mi rostro, y sus labios se sentían perfectamente cálidos y suaves; acto seguido me golpeó en la parte superior de la cabeza con el reverso de su mano, y me habló con una divertida sonrisa irónica- Bobo. Andá aprendiendo a seguirme los chistes, o vas a ser el blanco de todas mis bromas. Ahora, arrancá, dale; vamos a tu casa y que pase lo que tenga que pasar.
-Eso… Sobre eso quería hablarte. –no pude evitar bajar la vista a mi propio regazo, hundiendo el mentón en mi pecho- Vos me dijiste si estaba seguro de querer irme con vos por lo de tu pierna, y te dije que sí; pero ahora te pregunto yo… ¿Vos también estarías dispuesta a irte con un hombre que tampoco se considera “completo”?
-A ver, -dijo con un tono que rozaba lo desafiante- ¿qué te falta a vos?
-Yo… Bueno, me avergüenza mucho decirlo, ¿sabés? –comenté, sin levantar la cabeza, para hacer algo de tiempo mientras buscaba valor para admitir uno de mis mayores secretos- Yo soy impotente. No sé qué planes tendrías vos para nuestra noche, pero me parece justo que lo sepas de entrada…
Cualquier persona a la que le cuenten esta misma historia podría creer que esa fue una excusa que inventé para justificar el no querer hacer el amor con una mujer discapacitada, pero no es así. Era cierto. He recurrido a doctores, se me recetaron medicamentos y tratamientos, pero nada funcionó. Jamás en mi vida tuve una erección, y ya no me importa mucho. Con el tiempo lo acepté y me acostumbré; es difícil extrañar algo que nunca se tuvo. En mi vida, por mi timidez, contadas veces tuve oportunidades similares con otras chicas y creo que nunca ninguna me había resultado tan agradable como la que acababa de conocer esa noche. Claro que su minusvalía no me resultaba atractiva, pero no voy a mentirles: tampoco me producía rechazo. Si de mí hubiese dependido, lo habría hecho como si fuera lo más natural del mundo.
-Ya… No es nada. –me consoló a la vez que empujaba mi barbilla suavemente hacia arriba, y volvía a besar mi mejilla- Me habría gustado que pase algo así, es cierto, pero no me molesta que… Bueno, que no se pueda. Vamos igual, quiero estar con vos. Hay miles de otras formas de pasarla bien.
-Sí, ya sé, las conozco todas. –hice un pequeño esfuerzo y le sonreí; no podía creer lo bien que me habían hecho sentir sus palabras.
La besé largamente y sus manos acariciaron mi rostro. Le agradecí su sinceridad, y le pregunté si tenía ganas de ver una película mientras ponía el coche en marcha.
-Sí, alguna de dibujitos. –me contestó, y fue la frase más en seria que dijo en toda la noche; no había en ella el menor rastro de broma.
-No, prefiero las de animación.
-Las de dibujos son animadas, tarado.
-¡Bueno, sí, pero no es lo mismo! Vos me entendiste. Las de computadora.
-Sí, te entendí, pero vos no entendiste nada de la vida. ¿Cómo vas a preferir esas? –me dijo mientras reía con la vista perdida en la ventana, para luego retomar la conversación repentinamente- Disculpame que vuelva sobre el tema, pero entonces vos… Nunca… ¿No?
-¿Sexo? No, nunca, nada.
-Ah. ¿Sabés? Yo también soy virgen. No suelo conocer chicos con fetiches que involucren mujeres lisiadas. –borró con la mano el dibujo que estaba haciendo en el vidrio empañado- Tal vez muera sola.
-¡Ay, no digas eso! No sabés. Nunca sabés… Y lo del sexo, no debería preocuparte. Por lo menos vos no te vas a morir virgen. Ya va a haber algún chico…
-Sí, es cierto. Y capaz que para vos también.

Llegamos a mi departamento, comimos algo y vimos una comedia de la década de los ’70 en un canal retro de la televisión. Ella se sentó al borde de mi cama y me preguntó si podía ponerse cómoda; le contesté que sí mientras apagaba la luz. En la oscuridad, pude verla deshacerse hábilmente de su prótesis y luego desvestirse, e hice lo mismo. Me acerqué y me senté a su lado, acaricié su espalda y besé su cuello. Ella me devolvió el gesto, pero en el pecho, y antes de darme cuenta, me había empujado para que me acueste. Se echó a mi lado, me abrazó, y rozó mis labios con lo suyos. La noche se nos pasó entre caricias y charlas de la más diversa índole; aún no sé cuándo nos quedamos dormidos. Al despertar, ahí estaba ella, desnuda de pie frente al espejo. La luz entraba tenue entre las cortinas cerradas, y la observé por un momento. Simplemente estaba parada ahí, acariciándose como yo lo hiciera la noche anterior.
-¿Estás bien? –le pregunté mientras me incorporaba.
-Ah, no vi que te despertaste. Sí… Estoy muy bien, –hizo un silencio y luego agregó, cuando me acerqué a abrazarla por la espalda- me siento completa.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Llorando Inseguridades

Llorando Inseguridades

-Más. -chilló en el primer instante de silencio.
-Mi amor… Lo siento, pero bien sabés que no puedo. -contestó él, aún agitado, y con una enorme vergüenza.
-Claro que no. Nunca pudiste, y no creo que nunca puedas. Pero quiero más, y está en mi naturaleza exigirlo.

            Los cuerpos de ambos seguían entrelazados bajo las sábanas, aunque comenzaban a separarse lentamente, como si los dos intentaran que el otro no lo note. La habitación estaba casi sumida en la oscuridad, solamente brillaba la temblorosa luz de una vela que él había encendido sólo porque sabía que ella así lo prefería, y sus ropas estaban cuidadosamente desparramadas por el piso y algunos muebles. Donde minutos antes había reinado la pasión y el desenfreno, ahora tomaba peso la tensión.

-Entonces, ¿no vas a hacer nada al respecto? -continuó la arpía, y sus palabras parecían ocupar todo el espacio disponible en la pieza, empujándose entre sí y haciendo presión, todas a la vez, sobre él.
-Basta. En serio. Por favor… -lo que comenzó siendo una voz decidida, terminó deviniendo en un lastimoso gemido.- Tenés presente cuánto me afecta, ¿por qué insistís así?
-¿Por qué no? Estoy insatisfecha, ¿tan mal está buscar mi propio goce?
-No, hermosa, -comenzó a intentar calmarla antes de que se pusiera a la defensiva- el problema no está en lo que buscás, sino en cómo lo buscás.
-¿En cómo lo busco? Oh, no, no, no. Vos deberías agradecerme cómo lo busco, pidiéndotelo a vos; otras no te dirían nada, simplemente se buscarían quien las… trate mejor. Y más. Y por más tiempo, y más seguido. ¿Preferirías que te engañe? -y sin dar tiempo a responder, terminó de llenar el éter con sus palabras- ¿No? Lo supuse. Entonces, no te quejes. Buenas noches.

            Él levantó su espalda de la cama, y sopló a la llama moribunda. Al aire se le dificultó pasar por el nudo de su garganta, pero fue suficiente como para extinguirla. Dejando de lado cualquier bronca, se acercó a ella y la tomó entre sus brazos, besó sus cabellos y comprobó que empezaba a quedarse dormida. Una vez que lo estuvo, se permitió llorar silenciosamente todas sus inseguridades. Claro que la discusión nunca existió, y no fue más que otra de las conversaciones que él solía imaginar; conversaciones en las que ella siempre lo atacaba, hundiendo sus garras en sus complejos y destrozando cualquier fibra de autoestima que pudiera existir, y que no servían más que para angustiarlo. Pero no podía evitar pensar que ella se sentía de ese modo, así como tampoco podía evitar el querer llorar cada vez que terminaban de hacer el amor.

martes, 9 de abril de 2013

A Quien vos Quieras


A Quien vos Quieras

            El niño viajaba solo. No porque nadie lo acompañara, no porque desconocía a cada persona en ese autobús, no porque esta vez no se encontrara a ningún compañero abordo; viajaba solo porque se sentía solo.
            Sus padres acababan de separarse, y él no había tenido suficientes luces como para notarlo antes de que ocurriese. Sus amigos compartían cada vez menos cosas con él, tal vez debido a sus atípicos gustos. Prefería la luz de un monitor a la que inundaba el club barrial; prefería oír extrañas canciones en idiomas que no comprendía a las melosas canciones de amor que podía escuchar por la radio; prefería la ficción a la realidad.
            Sus padres acababan de separarse, y no era un dato menor. ¿Por qué lo hicieron? Para no pelear ante él y su hermana. ¿Y por qué peleaban? Él no lo sabía, sólo los escuchaba. Cada noche, antes de quedarse dormido, podía oírlos discutir en la habitación contigua. Aunque escuchaba cada palabra, no entendía -o, tal vez, no quería entender- el motivo de dichas discusiones. “Cosas de grandes” le contestaban cada vez que preguntaba, las cuales eran más bien pocas; el miedo que le provocaba la naturaleza de la respuesta era mayor que su intriga por la causa de las broncas. Papá se había alquilado un departamento, y lo usaba de oficina por el día y de casa por la noche. Mamá se quedó con la casa y los chicos, pero con quién más tiempo pasaba era con su negocio; el trabajo consumía enormes porciones de su tiempo, y, durante el restante, se la notaba cansada. Papá empezó a ir a la Iglesia. Mamá, a fumar. Los dos salían muy cada tanto, y cada uno con sus amigos. Papá seguía amando a Mamá, pero Mamá estaba muy enojada con -o, quizás, herida por- Papá. Y el muchacho no entendía nada de lo que sucedía.
            Era viernes y el niño viajaba solo. Un vendedor ambulante subió a su colectivo. Después de su discurso, recitado tan de memoria como el pequeño recitaba las capitales de las provincias, el busca-vidas pasó a ofrecer sus postales con amorosas frases prefabricadas. El chico rebuscó monedas en su bolsillo, y le dio al otro unas pocas. Guardó la tarjeta en su mochila; sabía exactamente qué hacer con ella.
            Era viernes y, como ya había hecho los pocos viernes que habían transcurrido desde que sus padres se divorciaran, el niño fue a comer con su padre, sólo ellos dos. Después de que le dejaran ganar un partido de pool –de ese modo que nada más un padre sabe dejar ganar a su hijo sin que éste lo note-, el pequeño extrajo de su bolso un rectángulo de cartón impreso. Colocándolo boca abajo sobre la mesa, le dijo a su padre que era algo que había comprado para que él le diera “a quien vos quieras”, y extendiendo el brazo se lo entregó. El padre lo leyó con intriga, y segundos más tarde hundió el rostro entre sus manazas. Lloró largamente, era la primera vez que su hijo lo veía hacerlo. Luego, con un gesto, indicó al pequeño que se levante, y lo abrazó por una eternidad. Cuando pudo recuperar el aliento, sólo dijo que “vos sabés mejor que nadie a quién se lo voy a dar”; sonrió, aún entre lágrimas, y se sentaron a comer. Por más de una hora, la cartulina quedó allí, mojada por la primera lágrima que Papá derramó, exhibiendo a todos su frase:
TE QUIERO SÓLO A VOS

-hola, tengo internet; no decreto mi regreso porque soy un colgado, pero intentaré-

miércoles, 13 de marzo de 2013

Kafka

-lo siento, perdí por cansancio; acá les entrego Kafka completo porque, sinceramente, no sé cuándo pueda volver a subir algo... yo quise seguir, señores, y que conste en todos lados, pero la circunstancia me supera, mi falta de internet es incompatible con el blog; de todos modos no tomen esto como un adiós, aún tengo material para colgar, lo que falta es tiempo...-


Kafka
Parte I
El aire pesado arruinaba el peinado de Muriel mientras ella caminaba presurosa hacia su trabajo. El sonido de sus tacones resonaba en su cabeza, pero no llegaba a escucharse más allá; el ruido de la calle era demasiado. Sus cuarenta y siete años le pesaban en todo el cuerpo, ya no era tan rápida y ágil como antes, cuando podía escurrirse perfectamente entre las multitudes que, como ella, iban y venían sin cesar. Todo esto era natural en una calle tan transitada, el ruido de los autos que pasaban, de los que frenaban, el de los pasos ajenos, de los retazos de conversaciones que se podían escuchar perfectamente todo el tiempo sin que nadie las oyera, el sonido de miles de corazones latiendo juntos hacia distintos destinos, sin prestar siquiera atención a que no eran los únicos transeúntes.
De entre todas las voces que podía escuchar, Muriel se descubrió oyendo un pedido de ayuda. Se detuvo en seco, no sin recibir mucho más de un empujón, e intentó prestar más atención, localizar la fuente del sonido. Hacia los lados sólo veía pasar hombros, rostros y cabellos, por lo que alzó la vista hacia las innumerables ventanas de los enormes edificios que empalizaban la calle. De una, casi sobre su cabeza, se asomaban los delgados brazos de una anciana, se sacudían buscando captar la atención de algún peatón. Muriel intentó hablar con la señora, pero ella parecía no oírla. Sólo podía escuchar un interminable grito de “¡Ayuda, ayuda por favor, no encuentro a la mujer!”.
Parte II
Contra toda predicción, en lugar de seguir caminando hacia su lugar de trabajo, Muriel buscó la puerta del edificio, y entró. La puerta, que aparentaba ser de bronce pero era mucho más liviana, se cerró detrás de ella sin hacer ruido. En contraste con el ruido de la calle, dentro del edificio reinaba un silencio casi absoluto; lo único que se escuchaba era el zumbido del ascensor, y el sonido de los tacos contra el piso. Mientras caminaba, Muriel acomodaba su mullido pelo, y al hallarse frente a la recepción preguntó:
-¿Sabe usted que hay una mujer asomada por su ventana, pidiendo ayuda a gritos?
El joven que allí trabajaba le contestó sin apartar la mirada de la revista que estaba leyendo.
-No, señora, desde aquí no podría oírla. ¿En qué habitación se encuentra?
-No lo sé, yo solamente la vi desde la calle.
-¿Desde la calle? Entonces debe ser de la 401.
-¿Cómo sabe? Hay cientos de departamentos con ventanas que dan a la calle.
-Si, pero todos los que tienen esa vista, poseen su número terminado en uno.
-Le repito mi pregunta, ¿cómo sabe que es la 401? ¿Cuántos números conoce usted que terminan en uno?
-Muchos, señora.
Parte III
El muchacho demoraba mucho en contestar, parecía que esperaba a terminar de leer cada página antes de empezar a hablar.
-¿Es esto una broma?- preguntó Muriel con indignación.
-No, señora, si fuera una broma, debería estar divirtiéndome, y no lo estoy.
-¡No me interesa! ¡Por favor, ayude a la pobre mujer que me pidió ayuda a gritos!
-Le pidió ayuda a usted, no a mí.
-¡Bien! La ayudaré yo, en ese entonces; ¡sólo dígame cómo encontrarla, joven!
-Señora, una vez más, fue usted quien la vio, no yo. No tengo forma de ayudarla.

Luego de pensar un momento (y de tragarse su furia e indignación), Muriel preguntó con voz pacífica:
-La mujer que vi estaba a unos treinta, tal vez cuarenta metros de altura. ¿Podría indicarme, por favor, qué pisos podrían ser esos?
-Deben ser entre el piso 65 y 73.
-¡Imposible! Si aquí estamos al nivel de la calle, ¿cómo sería posible que haya sesenta pisos desde aquí hasta cuarenta metros más arriba? ¿Mide un metro y medio cada piso?
-No, tiene razón, ha de haber sido en el piso 3.
-¡Joven! No me tome el pelo, por favor… ¿Cómo van a haber sólo tres pisos desde aquí hasta treinta metros más arriba?
Esta vez, el empleado tardó más que nunca, tal vez más que todas las otras veces juntas, pero finalmente contesto:
-Sinceramente, no lo sé, a mí nunca me preguntan nada.
Parte IV
Sin decir palabra, Muriel se dirigió hacia los ascensores. Llamó a uno y lo esperó. Veía las luces encenderse y apagarse, indicando el paso del elevador. En principio descendió hasta la mitad del camino, pero luego comenzó a subir de nuevo. Muriel supuso que el botón no habría funcionado correctamente, por lo que lo presionó nuevamente. Esta vez el ascensor bajó hasta el piso inmediato superior al que ella se encontraba, y empezó a subir otra vez. Bajó y subió incontables veces mientras ella insistía llamarlo. Llegó al piso 76 cuando decidió probar suerte con las escaleras.
 Habiendo calculado algo más de dos metros desde el piso hasta el techo, la anciana debía estar entre los pisos 12 y 20. Muriel comenzó a subir las escaleras de mármol, mientras se admiraba con su forma. Los escalones describían una amplia letra U que conectaba cada piso con los siguientes. La luz era poca, por lo que el ascenso era algo dificultoso; pero al cabo de poco tiempo, los ojos de la mujer pudieron acostumbrarse a la poca luminosidad. Lo que suponía que haría de la subida algo más rápido, realmente no cambiaba nada: cada escalera parecía más y más larga que la anterior; los escalones, más separados; la oscuridad, mayor. Llegar al piso 11 supuso toda una odisea, y ya que no tenía ningún reloj a mano, no existía forma para Muriel de saber hacía cuanto tiempo que estaba subiendo, pero sentía como si la vida se le fuera en ello.
Parte V
En un tramo de la escalada se había puesto a pensar si realmente valía la pena esforzarse tanto por una anciana desconocida; también pensaba que tal vez la dama ya había hallado a la misteriosa mujer que gritaba no encontrar, o que tal vez ya había sido asistida por alguien más. Si, seguramente eso habría pasado, alguien más ya la habría ayudado. Pero, al darse vuelta para regresar, reflexionó un instante más, y concluyó en que echarse atrás en ese punto sería desperdiciar todo el tiempo invertido.
Cuando alcanzó el piso deseado, se dispuso a buscar el departamento. El primer número que vio fue el 12001. Por su experiencia en viajes y alojamiento, recordó (o más bien, intentó auto-convencerse) que la numeración hotelera no era, necesariamente, correlativa; era imposible que, en los pisos recorridos, haya habido doce mil puertas. Sin embargo, la vista se le perdía en la lejana oscuridad antes de ver el final del pasillo. Decidida a encontrar la habitación, comenzó a recorrerlo manteniendo una simple premisa: no perder de vista la escalera. Caminó y caminó por minutos, que bien podrían haberse transformado en horas, pero que se sintieron como semanas, buscando escuchar los gritos de la anciana, una puerta llamativa, o alguien a quién pedir una indicación. Ninguna de las tres cosas encontró, y decidió revisar el siguiente piso.
Parte VI
Desandar sus pasos también le tomó un buen tiempo, tiempo que no había calculado tardar. Muriel se preguntaba si afuera sería aún de día, o si habría empezado a llover. Subir le costaba ahora más que nunca. Sentía el cuerpo débil, las articulaciones trabadas y los ojos pesados. Sólo la curiosidad la movía.
“Espero que no haya sido una broma. No, no puede ser. ¿Quién haría una broma de tan mal gusto? ¿Y por qué me la habrían hecho a mí? O tal vez no era para mí, y caí en la broma de alguien más… De todos modos, este edificio no parecía tan grande visto desde afuera. ¿Y qué asunto hay con la gente que aquí vive? ¿Qué sucede que hay tanto silencio? Es horario laboral, eso ha de ser. Seguro, si. No están, no hay nadie.” Y Muriel prefirió dejar de pensar en ese instante. Nunca se había sentido segura estando sola, y la idea de ser la única persona en esa inmensa residencia comenzaba a aterrarla. Estaba en el piso 18 cuando sintió que no podía seguir subiendo.
“Revisaré este último piso, pero no me detendré hasta encontrar quien me ayude. No importa la escalera, de seguro alguien me podrá llamar el ascensor. Tal vez alguien me invite a comer, ¿quién sabe? En una construcción tan grande siempre hay sitio para alguien tomando un tentempié.”
Parte VII
Arrastrando los pies al caminar, mirando siempre en una misma dirección, sin detenerse ni voltearse, Muriel llegó a lo que creyó que era el final del pasillo, sólo para descubrir que se curvaba en vez de terminar.
“No recuerdo haber notado esto desde la calle…” Pensó, antes de que su reflexión se viera abruptamente interrumpida por un ruido.
“¿Qué fue ese ruido? Ese… ¡Ruido! ¡Un portazo! Hay alguien cerca.” Y sin saber de dónde sacó las fuerzas, emprendió una suerte de trote. Sus piernas, que supieron ser fuertes y ágiles (tanto como para escurrirse perfectamente entre las multitudes que, como ella, iban y venían sin cesar), ahora avanzaban casi lastimosamente. Si se hubiera visto, de seguro habría sentido pena por sí misma: ¿cómo una mujer vigorosa como ella no podía simplemente correr hasta la puerta que acababa de abrirse con un estruendo? Esa puerta que ahora alcanzaba a ver. Tan cerca estaba que hasta pudo leer el número.
“18611, era la 18611; ¡y el conserje me dijo que de seguro sería la 401! Pobre ingenuo… Pobre muchacho, se lo veía tan aburrido.” Sus pensamientos discurrieron en torno al joven que la había recibido (bastante mal, por cierto) en su llegada al edificio, hasta que llegó a la puerta. Muriel tomó el picaporte, sólo para asegurarse de que no pudiera cerrarse frente a ella, y entró. Llamó a viva voz, pero nadie respondió, por lo que se adentró aún más. Estaba revisando una habitación cuando una ráfaga de viento cerró la puerta que daba al pasillo. El picaporte cayó al piso debido a la fuerza del golpe, y la puerta no cedía a los empujones que Muriel le daba. Habiendo revisado el departamento, no encontró más que numerosas cartas sin abrir, dirigidas a una tal “Sra. M. Kafka”, quien por algún motivo le resultaba familiar. No había ninguna persona, ni siquiera alguna foto como para saber si quien vivía en ese lugar era la anciana que tanto había buscado. Sintiéndose frustrada, acercó una silla a la ventana, y se dispuso a mirar desde allí. No veía más que una gris nube de personas impersonales bajo una gris nube de tormenta; pero de entre ellas, una mujer captó su atención. Llevaba el paso decidido, el cabello abultado, y una actitud altanera al caminar. Sin duda el tipo de persona que iría más allá de esa masa de individuos para ayudarla.
“¡Ayuda!” Gritó Muriel, asomando medio cuerpo a través de la ventana. Sus delgados brazos intentaban captar la atención de la mujer. Ella le devolvió la mirada, y se detuvo donde estaba. Muriel le gritó una vez más:
“¡Ayuda, ayuda por favor, no encuentro a la mujer!”.
Y se dedicó a esperarla.

-gracias por leer, che, me encantaría comenten qué les pareció, y cualquier crítica que tengan, adelante, las recibo a todas...-

lunes, 4 de febrero de 2013

Andar en Moto con los Ojos Cerrados

Antes de contarles cualquier historia, voy a avisarles algo: En la próxima subida comienzo con mi primer historia... serializada, por así llamarles. He preparado un texto que me gustó mucho, y lo he divido en pequeños capítulos (subirlo todo junto también sería posible, pero lo prefiero de este modo). Pienso subir uno o dos por semana, no más, e irlos intercalando con otros cuentos algo más viejos, para generar algo de hype. -oh, si, ego, ¡eso es!; piensa que a alguien realmente le importa- Siendo sinceros, lo veo como si fuera un borrador de una historia mejor. Cada capítulo podría expanderse algo más, y en ese caso podría hasta ocupar su lugarcito en un pequeño libro que compilara historias; pero tengo que dejar de soñar un poco, y escribir más. En todo caso, ustedes verán el diamante en bruto (?), y si llegara a volver a trabajarlo, se los ofreceré de nuevo.
Ahora, después de ese alarde de egocentrismo y fantasías (y tras la pequeña noticia), los dejo con...
Andar en Moto con los Ojos Cerrados

Salgo del trabajo, y allí estás vos. Tan alto como siempre, y tus largos cabellos oscuros ondulándose con el viento.  No es la primera vez que me pasas a buscar, y sabés lo mucho que me gusta andar en moto. La tarde recién empieza a caer, todo tiene tintes color amarillo y naranja. Me alcanzás el casco, siempre diciendo tu “El casco es para quien vaya atrás”, y yo como siempre te contesto “El día que te pongas un palo, y solo yo me salve, te vas a querer matar”, haciendo un gesto con la lengua. Somos una linda pareja.
            Subís a tu moto, una Honda Tornado 250cc, tan negra como tu campera de “símil-cuero”. Movés rápido la cabeza hacia un lado, indicandomé que ya puedo subir, y lo hago. Piso los pedalines, me acomodo, y me agarro de vos. No sé si es que te gusta sentirme contra tu cuerpo, o si es verdad eso de que te desbalanceo la moto si no lo hago, pero me encanta sentir tu espalda, darme cuenta de cuando inhalas y cuando exhalas, y hasta llegar a oír tu corazón si no hay mucho ruido.
            La ponés en marcha, y arrancamos. Sé perfectamente a donde vamos, y confío en vos, por lo que cierro mis ojos y me relajo. Tu cuerpo me da sustento, y está en mi naturaleza mantener el equilibrio. El viento avanza contrario a nuestra marcha, tu pelo acaricia mi rostro, lo que es llamativo; si fuera cualquier otra persona, eso sería molesto, pero sos vos, te amo, y amo que suceda eso. El sol me da directo en los párpados, que sin esfuerzo me mantienen ciega al exterior, pero abierta a un mundo de sensaciones que, al parecer, solo yo conozco. Los sonidos son distintos, más claros. Debemos estar cerca de la escuela, porque oigo grititos alegres de los niños que están saliendo. Mientras ese sonido decrece, me doy cuenta por el aroma a comida casera de que estamos pasando frente a ese restaurant que aman mis padres. Pienso un instante en ellos, pero tu respiración me arranca de cualquier pensamiento. Una vaga preocupación por mis padres se transforma en un instante en un sentimiento cursi hacia vos. Pero estoy bien, me gusta ser así de vez en cuando.
Mientras avanzamos, descubro que hay quietud. Mucha quietud. No oigo nada. Creo que deberíamos haber doblado hace un rato, pero seguimos por el camino que sale de la ciudad. “Amor, creo que te pasaste”, le digo a él, y me contesta con un “¿Qué?” como si se hubiera desorientado. Abro los ojos, y noto que jamás nos movimos. No habían pasado 2 segundos desde que subí, pero una ráfaga de recuerdos aleatorios conectados me ayudó a crear una nueva situación. Te sonrío, te digo que yo no dije nada. Esta vez si empezamos a movernos cuando mis párpados se cierran una vez más para disfrutar un poco más el trayecto. No creo que jamás nadie entienda cómo se siente andar en moto con los ojos cerrados, pero no pretendo tampoco ser entendida. Quizás sea porque me hace sentir especial el creer que hay un mundo de sentidos diferentes que solo yo conozco…

-este fue el primero de mis (muy pocos) intentos de escribir desde la perspectiva de una mujer; no es que piense que sea demasiado distinta de la que pueda tener un hombre, pero es verdad que uno le agarra mucho la costumbre...-

viernes, 1 de febrero de 2013

Unkillable Monster



            -¿Cómo carajo se supone que iba a saberlo?- gritó el científico frente al cadáver desgarrado de su colega. No se lamentaba su pérdida, lamentaba el escape de aquello en lo que habían estado trabajando tan arduamente.
-¿Cómo iba a saber que había despertado de su estado criogénico? Por suerte tú estuviste aquí cuando reunió suficientes fuerzas como para escapar, y no yo…- concluyó.
            Dio media vuelta, sólo para encontrárselo. Enorme. La piel era negra, brillante y dura, pero se movía con toda flexibilidad. El hocico, húmedo, exhalaba un hediondo aire caliente. Alzado sobre sus patas traseras, dejaba al descubierto su pecho plateado, mientras daba un zarpazo con su garra izquierda. La uña, gris y dura, golpeó al científico en el rostro y el pecho, arrojándolo con fuerza al blanco piso del laboratorio. Notó los cortes en su cara, pero no determinó si era por haber caído sobre los vidrios de los ya destrozados instrumentos con los cuales investigaban, o por el golpe de la bestia que él mismo había creado.
Alzó la vista sólo para ver caer a la pesada criatura con sus dos patas delanteras sobre él. Y luego ya no vio jamás.



-escrito viejo que alguna vez me inspiró dicha canción; sé que no es gran cosa, pero no quiero tirar el plato principal en la entrada...
"¿OH, JULI, HAS VUELTO?" Ni idea, che, voy a intentar que si. La verdad es que no estuve escribiendo mucho, pero tengo todavía algunas cositas sin publicar; vamos a ver de meter un poco de actividad, lo lea quien lo lea (HOLA, CAMI :B)...-

martes, 17 de julio de 2012

Amor de Parques


Amor de Parques
“Noche de parque… ¿Por  favor?”
Ese era todo el mensaje de texto que ella enviaba a él. Su respuesta no se hizo esperar:
“Noche de parque.”


Las palabras no debían sobrar, ni había explicaciones que dar. Sabían que si el otro no respondía inmediatamente, el encuentro se postergaría, y no se le daría más vueltas al tema, lo mismo si se negaba a asistir; mas si respondía afirmativamente, entenderían que los dos estaban dispuestos a dejarlo todo por verse esa noche.


Sus encuentros tenían una serie de reglas que nadie había expresado jamás. La primera de ellas, la ausencia de teléfonos. Los dos debían ser imposibles de ubicar, para no ser interrumpidos, y no querían que nada les recuerde que las horas pasaban mientras charlaban; lo que derivaba en la siguiente regla. No debían llevar ningún tipo de pertenencias, especialmente relojes. Esto era para no sentirse atados a nada, ni para permitir que algo les traiga recuerdos indeseados; esas noches el mundo se apagaba, y sólo existían ellos dos. Así, sin objetos, también les daba una sensación de seguridad el no tener nada que alguien pueda querer quitarles. Todo lo que podían llevar era dinero, para comprar lo que consumirían esa noche, y las llaves de sus casas. La regla final era no comentar nada de lo sucedido esa noche, como si se tratase del acto más incorrecto alguna vez pensado.
“Noche de parque” era como le decían. En una ciudad tan inmensa, existe la posibilidad de ir a cientos de parques y plazas distintos; pero solo uno era EL parque para ellos. Y no sólo la ciudad era grande, el predio ocupaba el espacio de unas cinco manzanas, pero el punto de encuentro que nunca habían fijado les resultaba obvio. ¿Y la hora? Las noches duraban mucho como para saber en qué momento debían reunirse, mas nunca lo pactaban; los dos reconocían fácilmente cuándo debían ir para que esté lo suficientemente oscuro, pero que a la vez les dé el tiempo necesario para tratar cualquier tema con la delicadeza precisada.


Cada uno con dos bolsas a los costados del cuerpo, se saludaron en silencio, y al mismo tiempo que se sentaban, desperdigaban sus adquisiciones: él traía seis latas de cerveza, varios paquetes de papas fritas, y dos tiras de chicles de frutilla, los favoritos de la chica; ella dejó caer con cuidado dos botellas de vidrio, cada una con medio litro de vodka dentro, además de un paquete de las galletas que él amaba y tres cajas pequeñas de cigarrillos. Provisiones para una noche tranquila, en comparación a anteriores compras.


El aire era frío y húmedo, y las nubes no dejaban ver la Luna; las luces lejanas de la calle eran la única iluminación que tenían, y aún así las detestaban. No es que fuera de su preferencia no ser vistos, sino que coincidían en que la vida era más hermosa sin luces artificiales. Sentados en un pasto verde y suave, comenzaron a beber. La improvisada rutina siempre se repetía, con la exactitud digna de los mejores coreógrafos: a lo largo de la noche se recostaban, hablaban sin verse, buscaban apoyo en la espalda del otro, reflexionaban a ojos cerrados, se tiraban uno encima del otro, no se quitaban la mirada de encima, y, finalmente, morían abrazados para resucitar con una ligera resaca ante los primeros rayos de Sol. Tras un abrazo de despedida, cada uno desaparecería de la vida de su compañero hasta la siguiente noche de encuentro pactado.


Ella tenía novio,  y su familia era complicada. Él era un muchacho solitario rodeado de gente. De qué se conocían, ya no lo recordaban, ni les interesaba. Sentían que habían estado juntos desde siempre, se preocupaban en silencio por el bien del otro, y sabían que podían contar entre ellos para cualquier cosa. Al juntarse todo lo que hacían era conversar, beber y fumar; comían al despertar, embriagados por la noche olvidaban la necesidad de ingerir alimentos. Buscaban en el otro un refugio, un abrigo que les brinde calor humano; figuras paternas y maternas en alguien que oficiaba de consejero. A veces conseguían irse reconfortados, en otras ocasiones terminaban con más interrogantes que al principio; pero algo era innegable: ante la menor acumulación de problemas, aparecía en ambos la idea de convocar a una noche de parque. El orgullo obligaba al tiempo a estirarse un poco más, creando lapsos que creían razonables entre reunión y reunión. No querían admitirlo, pero se necesitaban; y peor la pasaban si intentaban no verse.


Santos amantes, se juntaban cada vez que no soportaban la situación, cada vez que necesitaban alguien que los escuche al hablar, siempre que querían sentir que a alguien más le importaban. Ella nunca probó el sexo con él, y él en su vida la besó. Mucho más que amigos, el suyo fue un tipo único de amor. Sin deseo, sin egoísmo, un amor de risas y consejos. Ellos lo llamaban amor de parque.

lunes, 7 de mayo de 2012

Possesed.


-está recién cocinadito, eh? no es una gran historia, ni mucho menos, sólo una transcripción de una escena que tengo en mente. Si alguna vez uno de los  muchachos de Carmina Burana lee esto va a ser... no sé, un poco raro. Perdón Poyla por haber usado tu nombre! :P-

Possesed
            Possesed entra en su cuarto y traba la puerta con sus siete llaves. La única ventana del cuarto, teñida de rojo a base de cintas pegada en ella, tapiada por ambos lados, se esfuerza por filtrar tenuemente la poca luz del amanecer. Los ojos de Possesed aprendieron a ver mejor en la oscuridad que a la luz.
            Se prepara antes de llevar a cabo su sacrificio, busca sentirse más humano, quiere saber qué se siente sentir algo. Corta un mechón de su oscuro y enmarañado cabello, y lo quema, sin mirarlo, con su encendedor, rojo por ley. Respira el humo que el pelo exhala mientras se consume. Entonces, rápidamente, lo apaga contra su antebrazo. Aprieta la lengua contra el paladar, en ése punto que él conoce, buscando llorar; mas es inútil, sabe que ya no puede. La quemadura en su brazo rápidamente comienza a cicatrizar, como tantas veces antes.
            Decide invocar a sus santos en busca de ayuda, grita sus nombres hasta quedarse sin aire. “¡Moinset! Señor de los dolores incurables, ¿por qué me has abandonado? Poyla, oh Poyla, ¿cómo no saludas a tu hermano, encerrado en sí mismo, en este cuarto infectado por la luz del demoníaco Brogdor?”, vocifera Possesed a la vez que empuja la puerta para mantenerla cerrada. Pesados hombros la golpean del otro lado, buscando tirarla abajo. “¡No entrarán, ni me tendrán de nuevo, impíos! Largaos ustedes, y vuestras asquerosas extremidades ponzoñosas.”
            Se fracturan las bisagras y se parten los cerrojos, la puerta cede; cayendo hacia atrás, justo sobre el enajenado. Los cientos de kilos con los que había reforzado la única entrada de la habitación se desplomaban ahora sobre su cabeza, casi se alegra Possesed al creer que acababa de experimentar una sensación provocada por el impacto.
            Los doctores, ataviados en sus trajes blancos y verdes, ingresan con extrema precaución, llevando en una mano una inyección por delante; y el otro brazo preparado para un eventual contraataque. El mayor de ellos portaba una lámpara, se quedó parado en la puerta para iluminar la habitación para el resto, que buscaban incesantemente a su potencial paciente. Tres hombres se requirieron para mover la puerta, y hallar a Possesed debajo; respirando normalmente, contra todo pronóstico. Poca resistencia opuso cuando lo cargaron, y lo trasladaron a su nuevo recinto: una hermosa celda blanca, con sus cuatro paredes acolchonadas, y tres grandes ventanas iluminándolo todo. Possesed la habría odiado, de no ser porque su mente había abandonado su cuerpo y huido lejos, a los brazos de sus deidades añoradas. Ahora sólo una sombra desfigurada del delgado cuerpo que tuvo alguna vez se agacha en una esquina, escondiéndose en sí mismo. Espera esa hora de la tarde, cuando la luz esquiva cualquier obstáculo entre la ventana y el horizonte, para ver todo teñirse de rojo, y sentirse un poco más humano.

sábado, 7 de abril de 2012

No me Toques.

-esta es una historia breve, sobre la cual escribí dos desenlaces; y como nunca decidí cuál me parecía menos cutre, las dejé como dos versiones levemente diferentes-

No me Toques (v1)

Volver en colectivo (o autobús, u ómnibus, o como prefieran llamarle a este medio de transporte) a mi casa desde el domicilio de mi novia era algo ya rutinario. Estaba acostumbrado a la casi una hora de viaje, más esos tediosos minutos de espera; pero esta vez fue horrible, y todo por culpa de un chico que viajó conmigo, y que nadie más pareció notar...
Paso a explicarles, no vaya a ser que me malinterpreten, y crean que sólo me pareció desagradable por culpa de un niño molesto, para nada. Este era un muchacho raro. Pero no de esa gente rara en el sentido de ser originales, sino extraño para mal. Para que me comprendan, les cuento que viajó todo el trayecto sentado al revés de como iba todo el mundo; y podrán pensar que iba conversando con alguien, pero no lo hacía. Él subió solo, se sentó allí, de esa particular manera, y no habló con nadie. Se dedicó a mirar. A veces parecía que su vista se perdía en el espacio mientras reflexionaba internamente, pero sólo de a ratos, ya que casi todo el tiempo me miraba fijo a los ojos. Y, siendo sinceros, me incomodaba mucho.
Parecía ser algo menor que yo, supongo que tenía unos 13 años, era delgado (en exceso, a mi parecer), tenía un par de ojos muy pequeños, los cuales entrecerraba al observarme de modo punzante, y labios grandes, que se abrían en una mueca de insatisfacción y desgano. Vestía una remera gris, casi tan neutra como su cara. Su cabello, o la casi falta del mismo, también era llamativa. Quizás yo me impresioné de un pobre paciente de quimioterapia, o tal vez mi mente lo exageró todo por el cansancio, o acaso era extraño en verdad, no lo sé.
Intenté pensar en cualquier otra cosa, distraerme mirando por la ventana, pero todo me hacía volver la vista hacia el joven sentado pocos metros frente mío; ya sea un ruido proveniente de esa parte del vehículo, su reflejo en el vidrio, o simplemente esa escalofriante sensación de estar siendo vigilado. Y cuanto más nos mirábamos, más pesado se sentía el aire. Era agobiante, al punto de hacerme sentir asfixiado. Abrí una de las ventanillas para que corra algo de aire, pero no sirvió de nada; ya comenzaba a dolerme la cabeza cuando decidí bajarme antes de tiempo, y caminar un poco más, todo con tal de alejarme del muchacho de gris.
Como si conociera cada movimiento que fuera a realizar, él permaneció sentado a su peculiar modo mientras yo me levantaba. No dejó de mirarme (ni yo a él) mientras apretaba el botón anaranjado que le indicaría al chofer que se detenga. Volteé en dirección de la calle, comencé mi descenso por las cortas escaleras. Tenía un pie en la vereda cuando me giré, sólo para descubrir que el chico estaba justo detrás de mí, bajando él también.
Caminé rápidamente en dirección a mi casa. Giré en la primera esquina que vi, y me detuve a escuchar. No se oía ningún tipo de sonido, ni pasos ni respiración, ni siquiera una voz lejana. Era como si el mundo hubiese enmudecido. Miré por sobre el hombro, y ahí estaba parado, con su gesto odioso en el rostro y la remera gris ondeando al viento. Eché a correr, atento al ruido de pisadas detrás de mí, y me tranquilicé al no escuchar nada; pero al girar de nuevo, vi como seguía estando justo atrás mío. Le di la espalda, ya no quería verlo, y me horrorizaba su presencia. ¿Qué quería? ¿Por qué me seguía? ¿Cómo es que no hacía ningún tipo de ruido? En silencio, me quedé de pie en mi lugar, esperando que él haga algo. Ya ni me esforzaba en intentar escuchar su respiración, la cual no noté jamás, ni en huir. Sólo quería que actúe, para bien o para mal.
Y pudieron haber pasado horas sin que haya ocurrido nada, perdí cualquier noción sobre el paso del tiempo, pero algo me devolvió al mundo. Algo que chocaba fríamente en mi nuca, y me estremecía toda la espalda. Ni siquiera pasó un segundo, que ya lo sentía en todo el cuerpo. Lluvia. Una tormenta torrencial se desató en instantes. Me pregunté si el joven seguía allí, y volteé lentamente. Lo vi, y sentí una mezcla de consternación y angustia: a su alrededor, el agua formaba pequeños charcos de color, mientras él parecía diluirse como una pintura fresca a la cual le echan alcohol: y su piel misma goteaba, al desprenderse, agua del exacto color de su palidez. Abrió los labios, pero no dijo nada, y sus ojos se perdieron en la masa decolorada en la cual se estaba reduciendo. Sus colores seguían invadiendo el agua, a la vez que decrecía más y más lo que quedaba de su cuerpo. Finalmente, llegó a formar todo un charco de sí mismo; y fue entonces cuando tomé coraje de agacharme y tocarlo, aunque sólo fuera con la punta de un dedo.
Dolor. Dolor fue todo lo que sentí. Una punción helada y certera en la punta del dedo, que se expandía rápidamente por todo mi ser, al mismo tiempo que la sustancia, esa que alguna vez fue agua, recubría toda mi piel. Se apoderó de mí un sufrimiento desgarrador, comparable con la desesperación y el padecimiento de que te arranquen la piel. Y entonces todo lo que veía tornó en un resplandor blanco, totalmente enceguecedor.
Cuando pude abrir los ojos, se sintió como despertar de un infinito letargo. Descansaba apoyando el pecho contra el respaldo del asiento de un autobús, sentado sobre una rodilla, y dejando colgar la otra pierna. Me sentía débil y agotado. Miré mis manos, mis brazos, y no los reconocí; eran casi tres veces más delgados de lo que habían sido siempre. Al alzar la vista me vi a mí mismo, sentado al fondo del colectivo. Tuve que observarme un tiempo, no salía del asombro, pero no cabía duda de que el muchacho sentado a escasos metros de donde estaba, era yo mismo. Y hallándome sentado del modo en el que lo hacía, me pasé la mano por la cabeza para comprobar algo. Ausencia de cabello. Yo estaba cumpliendo el rol del chico cuya presencia me había asfixiado. Fijé la vista en los ojos de aquel quien en realidad era yo, pensando cómo explicar todo, pero antes de poder decir nada, él se bajó del vehículo. La historia estaba comenzando a repetirse. Bajé tras de él para advertirle: No me toques cuando me desvanezca en la lluvia…

No me Toques (v2)

Volver en colectivo (o autobús, u ómnibus, o como prefieran llamarle a este medio de transporte) a mi casa desde el domicilio de mi novia era algo ya rutinario. Estaba acostumbrado a la casi una hora de viaje, más esos tediosos minutos de espera; pero esta vez fue horrible, y todo por culpa de un chico que viajó conmigo, y que nadie más pareció notar...
Paso a explicarles, no vaya a ser que me malinterpreten, y crean que sólo me pareció desagradable por culpa de un niño molesto, para nada. Este era un muchacho raro. Pero no de esa gente rara en el sentido de ser originales, sino extraño para mal. Para que me comprendan, les cuento que viajó todo el trayecto sentado al revés de como iba todo el mundo; y podrán pensar que iba conversando con alguien, pero no lo hacía. Él subió solo, se sentó allí, de esa particular manera, y no habló con nadie. Se dedicó a mirar. A veces parecía que su vista se perdía en el espacio mientras reflexionaba internamente, pero sólo de a ratos, ya que casi todo el tiempo me miraba fijo a los ojos. Y, siendo sinceros, me incomodaba mucho.
Parecía ser algo menor que yo, supongo que tenía unos 13 años, era delgado (en exceso, a mi parecer), tenía un par de ojos muy pequeños, los cuales entrecerraba al observarme de modo punzante, y labios grandes, que se abrían en una mueca de insatisfacción y desgano. Vestía una remera gris, casi tan neutra como su cara. Su cabello, o la casi falta del mismo, también era llamativa. Quizás yo me impresioné de un pobre paciente de quimioterapia, o tal vez mi mente lo exageró todo por el cansancio, o acaso era extraño en verdad, no lo sé.
Intenté pensar en cualquier otra cosa, distraerme mirando por la ventana, pero todo me hacía volver la vista hacia el joven sentado pocos metros frente mío; ya sea un ruido proveniente de esa parte del vehículo, su reflejo en el vidrio, o simplemente esa escalofriante sensación de estar siendo vigilado. Y cuanto más nos mirábamos, más pesado se sentía el aire. Era agobiante, al punto de hacerme sentir asfixiado. Abrí una de las ventanillas para que corra algo de aire, pero no sirvió de nada; ya comenzaba a dolerme la cabeza cuando decidí bajarme antes de tiempo, y caminar un poco más, todo con tal de alejarme del muchacho de gris.
Como si conociera cada movimiento que fuera a realizar, él permaneció sentado a su peculiar modo mientras yo me levantaba. No dejó de mirarme (ni yo a él) mientras apretaba el botón anaranjado que le indicaría al chofer que se detenga. Volteé en dirección de la calle, comencé mi descenso por las cortas escaleras. Tenía un pie en la vereda cuando me giré, sólo para descubrir que el chico estaba justo detrás de mí, bajando él también.
Caminé rápidamente en dirección a mi casa. Giré en la primera esquina que vi, y me detuve a escuchar. No se oía ningún tipo de sonido, ni pasos ni respiración, ni siquiera una voz lejana. Era como si el mundo hubiese enmudecido. Miré por sobre el hombro, y ahí estaba parado, con su gesto odioso en el rostro y la remera gris ondeando al viento. Eché a correr, atento al ruido de pisadas detrás de mí, y me tranquilicé al no escuchar nada; pero al girar de nuevo, vi como seguía estando justo atrás mío. Le di la espalda, ya no quería verlo, y me horrorizaba su presencia. ¿Qué quería? ¿Por qué me seguía? ¿Cómo es que no hacía ningún tipo de ruido? En silencio, me quedé de pie en mi lugar, esperando que él haga algo. Ya ni me esforzaba en intentar escuchar su respiración, la cual no noté jamás, ni en huir. Sólo quería que actúe, para bien o para mal.
Y pudieron haber pasado horas sin que haya ocurrido nada, perdí cualquier noción sobre el paso del tiempo, pero algo me devolvió al mundo. Algo que chocaba fríamente en mi nuca, y me estremecía toda la espalda. Ni siquiera pasó un segundo, que ya lo sentía en todo el cuerpo. Lluvia. Una tormenta torrencial se desató en instantes. Me pregunté si el joven seguía allí, y volteé lentamente. Lo vi, y sentí una mezcla de consternación y angustia: a su alrededor, el agua formaba pequeños charcos de color, mientras él parecía diluirse como una pintura fresca a la cual le echan alcohol: y su piel misma goteaba, al desprenderse, agua del exacto color de su palidez. Abrió los labios, pero no dijo nada, y sus ojos se perdieron en la masa decolorada en la cual se estaba reduciendo. Sus colores seguían invadiendo el agua, a la vez que decrecía más y más lo que quedaba de su cuerpo. Finalmente, llegó a formar todo un charco de sí mismo; y yo sólo pude correr, espantado, el trecho faltante hasta mi casa. Exhausto, acostarme fue lo primero que hice una vez que trabé la puerta al entrar a mi vivienda. Tendido en la cama, no podía olvidar la imagen del chico deshaciéndose frente a mí. Seguía preguntándome qué habría querido, cuando caí dormido.
El día siguiente transcurrió normal, y los siguientes también; ya estaba olvidando al muchacho cuando luego de unas semanas vi, en un autobús que pasaba, como un joven extremadamente delgado, vestido de gris, y casi pelado, viajaba sentado dado vuelta…